Imágenes aleatorias

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Miércoles 10 febrero 2010 3 10 /02 /2010 05:47

Había finalizado mi viaje en tren y me encontraba en Guamote. Allí debía buscar el modo de llegar a las Lagunas de Ozogoche, pero sabía que no era un sitio de fácil acceso. Busqué un lugar para comer, ya que el hambre se había apoderado de mí. Sin proponérmelo, encontré en un restaurante unas personas con unas camperas que me daban una pista. Dos personas del Parque Nacional Sangay, se encontraban allí almorzando. Me acerqué y les pregunté si el destino de ellos coincidía con el mío. Fue un poco difícil conseguir que me entendieran, ya que ellos su idioma nativo es el quichua y el castellano de ellos era mucho mejor que mi quichua, pero escaso para el diálogo. Finalmente, pude entender que pronto saldría un bus coincidente con mi destino. Luego de comer, busqué la empresa que cubría este trayecto y me senté para disfrutar del viaje. El bus me dejaría en un cruce de rutas, para seguir camino hacia las Lagunas. Allí esperaría por otro bus, con gotas, sobre mi cabeza, de una lluvia que llegaba y se iba repentinamente. Había, debido a mi almuerzo, sufrido el desencuentro con estas dos personas, pero venían en el mismo bus que yo esperaba en aquel cruce. Subí, sabiendo que estaba en buena dirección.

Antes de llegar a destino, ellos me indicaron que debíamos descender. Bajé con mi pesada mochila y comencé a preguntarles cuál era la distancia que nos separaba de las Lagunas. Las imprecisiones eran inquietantes, sobre todo teniendo en cuenta el peso de mi mochila. Me garantizaron que a unos 10 minutos, que pronto se transformaron desde el discurso del otro de los hombres en unos 5 minutos, llegaríamos a un lugar donde podría dejar mi mochila, para poder llegar a las Lagunas liberado del peso. Comencé a caminar junto a ellos y a la incertidumbre, también. Pronto llegaríamos al sitio indicado, pero no había presencia de persona alguna allí. Hasta ahí había llegado mi voluntad para seguir caminando con mi equipaje a cuestas. Ahora sí, sabía que la distancia por recorrer era dramáticamente excesiva para hacerlo con la mochila sobre mi espalda. Frené, analizando los alrededores. Buscaba la casa de algún lugareño que se encargue de custodiarla durante mi viaje. Nadie estaba presente por la zona. Mi interrogatorio sobre la distancia a cubrir a partir de aquel punto, me hizo deducir que, a pesar de las imprecisiones de ambos y la información por ellos brindada, el trayecto por cubrir era extenso. No había forma que me convencieran a continuar la caminata. De repente, se escuchó el sonido de un vehículo, que prometía ser el salvador de aquella tediosa caminata. Así fue. Una camioneta frenó para llevarnos hasta nuestro destino. Averigüé el precio y subimos. Éramos cinco pasajeros en la caja trasera de aquel vehículo. Tres, éramos humanos.  Los dos restantes, animales.

El viaje comenzó y en poco minutos, la lluvia. Aunque a decir verdad, era más una llovizna que una fuerte lluvia, pero jamás había experimentado una de esas características. Entre la temperatura ambiente, la velocidad del vehículo y la temperatura del agua comenzó, como nunca me había pasado, a congelarse mi frente. Sólo los que sufrimos de “enfriamiento de un ojo” cuando comemos helados, podemos saber aproximadamente de qué se trata. Mi frente se estaba congelando y no podía impedirlo. De tanto en tanto, giraba mi cabeza, evitando que el agua pegue en mi frente, pero la incomodidad era tal, que debía regresar a mi posición original y enfrentar el aguacero. Esto no era todo. Los animales que viajaban a mi lado, quizás por haber abonado un precio superior al que yo pagué, contaban con el privilegio de baño incluido. Habían eliminado sus desechos sobre la caja de aquella camioneta y debido a las características del camino, en cada frenada o acelerada, se patinaban de un lado a otro, moviendo sus patas para recuperar la estabilidad. Me encontraba secuestrado, y con mi mochila sobre mi espalda, en el rincón trasero izquierdo de aquel medio de transporte. DSC09592 (Custom)Preferí llevar el peso sobre mi espalda, a ponerlo sobre los excrementos de aquellos animales. Los dos hombres viajaban sentados sobre las finas maderas que custodiaban los laterales del vehículo. Yo no podía arriesgarme a experimentar este desafío al equilibrio, ya que jugaba de perdedor para poder contrarrestar el peso de mi mochila. Estaba destinado a viajar adentro, como un animal más. Los animales intentaban mantener su posición en cada movimiento del vehículo. Esto generaba que movieran sus patas con velocidad intensa y casi permanentemente, para mantenerse en pie. Obviamente, esto también provocaba que mis tobillos fueran los receptores de esas patadas. En dos oportunidades, mi compañero más próximo de viaje, quedó acostado en el piso del vehículo. Esto garantizaba eludir las patadas que venía recibiendo, pero poco duraría aquel estado. El precio de no cargar la mochila sobre mi espalda, esta vez, no fue barato. Claro que también tuve que pagar por dicho transporte. Al finalizar el viaje, cuando pude salir, con mochila incluida subiendo con todo su peso por los laterales de la camioneta, descubrí el estado en que se encontraban mis pantalones y mis zapatillas: llenos de excremento animal.

Al llegar al pequeño caserío que se encuentra cercano a las Lagunas, busqué un lugar donde dejar mis cosas y, también donde pasar la noche para, luego, ir en busca de mi objetivo.

DSC09640 (Custom)El único sitio para dormir era una cabaña cuyo dueño no estaba presente, pero podían habilitarlo para que allí durmiera. Consulté si sería posible tomar una ducha caliente en aquel hospedaje, debido a que mi estado lo requería, pero eso no era posible. Además de todo, si quería ir a este lugar, debía seguir caminando, así que arreglé para dormir en la casa de un chico del pueblo. Él me dejaría su cama y se iría a dormir a la casa de sus abuelos. Su cama carecía de colchón y en su reemplazo sólo había varias frazadas.

Con sitio seguro para dormir a mi regreso comencé a caminar hacia las Lagunas. Comencé a hacerlo por las huellas de los vehículos, pero pronto tomé un atajo que parecía dirigirse hacia la Laguna Cubillin, la más grande de todas ellas. En el camino me encontraría con unas tímidas chicas locales, que avergonzadas ante mi presencia, poca información pudieron brindarme. Su timidez no aplicaba a la hora de cargar semejantes cantidades de pasto.

DSC09602 (Custom)Seguí camino, pero pronto me encontraría caminando sobre el páramo y sumergiendo mis piernas hasta por encima de mis tobillos en medio de un terreno esponjoso, impregnado de agua. Al principio intentaba mantener mis pies secos pero, poco a poco, fui notando que esto se aproximaba a una utopía. En pocos minutos, mi objetivo estaba en mantenerme en pie, no caer completamente sobre aquel terreno y llegar finalmente al borde de la laguna.

Con mis pies, zapatillas (deterioradas) y mis pantalones mojados, llegué finalmente al borde de la Laguna.DSC09674 (Custom) Junto a ella se encuentran varias más: la Laguna Magtayan, es la segunda en tamaño y las restantes (Arrayán; Tinguicocha; Boazo; Nagacocha y Yanaurcu) son de menores dimensiones.

El clima no acompañaba mucho, pero el sol, por unos escasos minutos, apareció para darme permiso a tomar unas fotos. Luego volvería a ocultarse detrás de las grises nubes.

El paisaje era maravilloso, con presencia de nubes, montañas, agua y misterio. Como para optimizar semejante paisaje, el arcoíris no quiso estar ausente en semejante manifestación natural. Esa demasiado.

DSC09672 (Custom)De allí, caminando por medio del páramo, nuevamente, llegaría a la Laguna Magtayan. No había posibilidad de mojar más mis pies, porque ya estaban completamente mojados. Intenté, en primera instancia, buscar un sendero, pero esto fue imposible. Viendo que no había manera de llegar directamente a la laguna, comencé a caminar a campo traviesa para poder llegar a aquella inalcanzable laguna, que en cierto momento intenté convencerme que con verla de lejos era suficiente. Entre saltos, desvíos y sumersión de mis pies en el agua, alcancé la tan ansiada orilla.

Es posible, quizás, que muchas personas nunca hayan puesto atención a que es muy difícil encontrar el sitio exacto donde las aves eligen pasar los últimos instantes de su vida.

En Ecuador, hay un lugar que eligen los cuvivíes, una especie de aves, para darle fin a sus vidas. Dicho acontecimiento ocurre desde mediados de agosto y se prolonga por todo el mes de septiembre. El sitio elegido por dichos animales son las Lagunas de Ozogoche, en la provincia del Chimborazo.

Allí llegan cada año, sobrevuelan la zona y finalmente deciden terminar con sus vidas en su último vuelo, dirigiéndose verticalmente al agua.

Varias son las versiones que se manejan al respecto. Unas dicen que llegan cansadas de un extenuante viaje y entregan sus últimas energías en estas tierras, para despedirse de la vida, quizás en busca de otro mundo, en las heladas aguas de estas lagunas. Otras hablan de que confunden el agua, debido al reflejo que se genera sobre dicha superficie, con el cielo y, desorientadas con aquella ilusión óptica, se dirigen directamente al agua. Mientras que otras arguyen que existe en el aire ciertos componentes que provocan la muerte de las mismas en su sobrevuelo sobre estas lagunas, provocando que caigan estrepitosamente en sus aguas.

Más allá de las diferentes versiones que se manejan al respecto, no deja de sorprender semejante acontecimiento, que se repite cada año. Los pobladores locales, las esperan con una celebración muy tradicional, con música y comidas típicas de la región.

Ellos son los encargados de recolectar los cuerpos de las aves que quedan flotando, luego de su muerte, en aquellas maravillosas lagunas. Muchas de ellas son utilizadas para preparar comidas entre los pobladores de la región.

Por escasos días había perdido la posibilidad de presenciar semejante ceremonia, pero no quería dejar de conocer aquel mítico lugar. Obviamente que la llegada en época de festividades es bastante más sencillo que cuando lo hice. De hecho era la única persona que me encontraba allí y que no pertenecía a la comunidad.

DSC09640 (Custom)Comencé el camino de regreso pero, una vez más, fui improvisando un sendero. Cada vez, me encontraba con terrenos más pantanosos y debía abortar el sentido en que deseaba dirigirme. Así fue que la noche comenzó a acercase y mi afán comenzó a hacerse cada vez más notorio.

Luego de una extensa caminata, llegué a un punto desde donde podía, nuevamente, volver a ver el poblado. Esto me garantizaba que estaba en buena dirección, pero al llegar allí, el camino se ponía cada vez más difícil.

Un río, lo suficientemente ancho como para no poder cruzarlo, me separaba del pueblo. Del otro lado del mismo vi una persona. Comencé a preguntarle cómo y por dónde debía cruzar. Él podía escucharme, ya que el viento jugaba a su favor, pero para mí fue imposible escuchar sus recomendaciones. En eso vi una persona que caminaba con su caballo, del mismo lado en que yo me encontraba. Comencé a hablarle, pero él no me escuchaba, por lo que decidí caminar tras de sí. Intentaba caminar rápidamente, pero la condiciones del terreno, por momentos, hacían que me alejara cada vez más de mi objetivo.

Finalmente lo alcancé, cuando ya ambos nos encontrábamos cerca de un puente que nos permitía el cruce.

Ya tranquilo, me dirigí hacia mi cama. Nada había, a esa hora, abierto como para comprar algo para comer. Obviamente, no existe allí un restaurante para poder comer. Una taza de un caldo que me ofreció la abuela de aquel chico fue lo único que tuve por cena. El día había sido largo y debía dormir sin comer y sin posibilidad de un baño.

Antes de acostarme, debía averiguar el horario de partida del transporte que me llevaría, al día siguiente, a mi próximo destino.
Una vez más las incertidumbres aparecieron. Cuatro, cuatro y media, cinco o cinco y media, fueron los horarios posibles de partida del único vehículo que saldría por la mañana siguiente. Nadie podía darme mayor precisión que esa, por lo cual, para evitar quedarme sin éste, me levanté temprano y a las cuatro de la mañana estaba listo para partir. Finalmente, dejamos la comunidad de Ozogoche Alto a las 6:30 a.m. Todo ese tiempo lo pasé sentado en la caja de un pequeño camión con un colchón de pasto y al que se iban sumando, poco a poco, más pasajeros locales que se dirigían al mercado de Guamote. Quesos, productos cultivados y producidos por los pobladores locales, más cerca de veinte personas, éramos todos los pasajeros de este vehículo.

Conversaban entre ellos en quichua, por lo cual, estaba excluido de todas las conversaciones. Entendía sólo las palabras que habían tomado del castellano para incorporarlo a su idioma. Entre esas, escuche “gringo”, lo que me daba la pauta que estaban hablando de mí. En seguida manifesté que no era gringo. Surgieron caras de sorpresa y frases dirigidas hacia mí. Supongo que preguntándome si era capaz de entender de qué estaban hablando. Permanecí en silencio ya que nada había entendido. Unos minutos más tarde, escuché mi apellido, ya que el día anterior, me lo habían preguntado. Levanté mi cabeza, hice un gesto manifestando que había escuchado dicho relato. Creo que volvieron a preguntarme si comprendía algo del diálogo, pero nuevamente no respondí. Todos me miraban, pero cada vez que yo miraba en alguna dirección, todos bajaban sus cabezas. Analicé cómo hubiera sido, si la misma situación se hubiera dado en proporciones inversas. Creo que quien hubiera estado en mi lugar, quizás, no se hubiera sentido demasiado cómodo. No era mi caso.

DSC09737 (Custom)Cuando ya era de día, comencé a hablar con algunos de ellos y terminamos haciendo intercambio de idiomas. Me preguntaron si sabía algo de inglés y fue así que comenzaron a enseñarme términos del quichua y yo, a pedido de algunos de ellos, les enseñaría algunas palabras en inglés.

Dos horas más tarde, llegaríamos a destino. Bajaría de este vehículo, para dirigirme rápidamente, y en el primer transporte que conseguiría, hacia un nuevo destino.

 

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Yo ni pasé frío, ni me mojé, ni me embarré, ni tampoco me ensuciaron. A pesar de hacer el mismo viaje, tener la posibilidad de transportarme dentro de una mochila, me evitó todos estos matices.  Pero sí pude disfrutar muchísimo de las lagunas. Me gustaría volver en septiembre a ver la llegada de las aves.


MUNAY

Por Damian
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Viernes 5 febrero 2010 5 05 /02 /2010 01:56

Llegué a la ciudad de Riobamba, nuevamente, con el pasaje comprado para hacer un viaje en tren. El tren había cobrado fama, principalmente por la obra de ingeniería que representa. En un terreno sumamente dificultoso, con formaciones rocosas, el tren, en el trayecto Riobamba – Nariz del Diablo Sibambe, desciende 800 metros en zig-zag en un sentido y, obviamente, los sube en el sentido opuesto. Lamentablemente, no he tenido la suerte de conocer el mítico Tren a las Nubes (Tren a las Nubes) , en Salta (Argentina) que asciende más de 3000 metros desde el nivel inferior, a unos 1187 m.s.n.m. hasta llegar a los 4220 m.s.n.m., en su nivel superior. Debe ser realmente impresionante.

En épocas de su esplendor, el Tren a la Nariz del Diablo, había conseguido unir regiones completamente desconectadas, hasta ese momento. La línea de ferrocarril, antiguamente, unía la costa con la sierra ecuatoriana.

DSC09576 (Custom)Debido a la dificultad de la construcción y forma del circuito recorrido, hizo que fuera denominado con esta alusión al demonio. Como para muchas obras en los países de Sudamérica, para ésta, se utilizó mano de obra indígena y negra, que recibieron el apoyo de unos 4000 jamaiquinos. La dificultad del terreno, las mordeduras de serpientes, la fiebre como consecuencia de picaduras de mosquitos y demás factores, fueron cobrando la vida de muchos de los trabajadores y provocaron la huida de otros. Esto, realmente, demostraba la resistencia de la naturaleza para que se pudiera alcanzar con éxito este desafío.

Finalmente, el tren llegó a la estación de Chimbacalle de Quito el 25 de junio del año 1908, inaugurándose así, oficialmente, el recorrido del mismo.

Hoy, como sucede con muchos de los ferrocarriles en Sudamérica, sólo cumplen su función de circuitos turísticos. Sus funciones como medios de transportes o de carga, han ido quedando, prácticamente, en el olvido. Esta no era la excepción.

DSC09556 (Custom)Había hablado con Borja, cuando nos encontramos en Canoa, y él me había dado su punto de vista acerca de este viaje. Él no consideraba que valga la pena hacer este recorrido. Según su opinión había perdido todo el encanto, dadas las condiciones actuales, en las que se realizaba el viaje. A pesar de esto, y de coincidir en muchas opiniones con Borja, con respecto a sitios o experiencias en el viaje, he aprendido que lo que para alguien puede ser muy bueno, para otra persona puede ser paupérrimo. Fue esto lo que me decidió a vivir la experiencia en carne propia.

Dormí esa noche en Riobamba y por la mañana siguiente, bien temprano, tomaría el tren. Tuve problemas para levantarme y a pesar de dormir enfrente de la estación de trenes, llegué tarde. El tren ya había salido. Comencé a preguntar pero, definitivamente, ya había salido. Afortunadamente, había otro vagón en la estación y pude subir en éste, hasta la próxima estación.

De lo que era originalmente el tren, inclusive en su versión turística, ya nada queda. Anteriormente era posible viajar en un tren, movilizado por una locomotora. Además, los pasajeros lo hacían en el techo de los vagones, sentados en asientos dispuestos para esto. La posibilidad de disfrutar el paisaje en su plenitud, era parte del atractivo.

DSC09515 (Custom)Actualmente, no hay locomotora. Los vagones son buses, adaptados, con ruedas de tren. Ya no es posible viajar en el techo, por lo cual, ahora uno viaja dentro de un aburrido bus, lleno de extranjeros, imposibilitado de disfrutar el paisaje, movilizado por el motor del bus, con un chofer que conduce ese vagón, artificial, de tren. Y, por suerte para mí, existen dos vagones, ya que si no, hubiera perdido la posibilidad de viajar ese día.

El motivo del cambio, de la metodología original a este modo de viaje que se realiza actualmente, fue que dos japoneses tuvieron un accidente, mientras viajaban en el tren. Un cable que atravesaba las vías a la altura de los pasajeros que viajaban sobre el techo de uno de los vagones, decapitó a uno de ellos y tiró al otro abajo del tren y el golpe lo mató. Esta historia manchó de tristeza la historia del tren, causada por el tendido de una línea telefónica sin previa notificación a la empresa ferroviaria.

Los constantes derrumbes hacen que el viaje tenga un poco de adrenalina. El camino, a veces, no está en perfectas condiciones, por lo cual, en varias oportunidad, el ayudante del maquinista, debe descender para acondicionar las vías. DSC09529 (Custom)Con las vías liberadas, estábamos en condiciones de continuar el viaje.

A pesar de todo lo que perdió de magia, aquel tren ficticio, y coincidiendo completamente con Borja, que realmente no vale mucho la pena el viaje, es completamente llamativo el ascenso y descenso del mismo por este paisaje.
El tren viaja, haciendo una parada en la estación de Guamote, donde varios puestos de artesanías y diferentes productos, es posible encontrar. También es posible disfrutar de un desayuno típico a la vera del camino.DSC09510 (Custom)

El viaje continúa hasta llegar a la última estación de Sibambe que se encuentra en el valle debajo de la Nariz del Diablo. Regresaríamos unos minutos después de la llegada del otro vagón, por el mismo camino.

Me quedaría, en el camino de retorno, en Guamote, para emprender viaje hacia mi nuevo destino.

DSC09537 (Custom)Debió haber sido un viaje más que interesante, hacerlo con un verdadero tren y tirado por una locomotora, como en viejos tiempos, pero ya nada queda, hoy, de eso. Sólo el recuerdo de un tren que ya se fue.

 

Por Damian
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Sábado 30 enero 2010 6 30 /01 /2010 00:00
 

Tema musical: Soltar todo y largarse - Silvio Rodriguez

Hoy 30 de enero es mi cumpleaños. Después de un largo tiempo de viaje, he aprendido mucho, he conocido harto y he vivido intensamente, todo este tiempo.
Este tema musical me lo hizo volver a escuchar Javier, poco tiempo después de comenzar mi viaje. Él estaba tomando envión para comenzar un viaje similar. Ahora soy yo que lo comparto con ustedes.
En este momento feliz por haber cruzado entre el 28 y 29 de enero el Canal de Panamá. Estoy cumpliendo un sueño que siempre tuve y que a medida que me acercaba a la Ciudad de Panamá se acrecentaba, pero sin realmente saber si esto sería posible.
Para sumar a la posibilidad de hacerlo, tendré la posibilidad de compartir semejante momento de mi vida, con Delfina y Lorenzo, la pareja de franceses que conocí camino a Choquequirao en Perú ( Choquequirao: Arruinado. ) hace cerca de unos siete meses. Nada podía darse mejor.
Cuando llegue el momento cronológico de esta página, se los contaré con más detalles.
Les dejo mi número de Panamá: 00-507-61259052.

Por Damian
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Domingo 24 enero 2010 7 24 /01 /2010 21:34
Salimos con Ale de la Laguna Quilotoa, con nuestro destino definido. Debíamos terminar de avanzar en una especie de círculo en nuestro recorrido para no volver a pisar sobre nuestras huellas y así, poder conocer otros horizontes.

Sabíamos que esta decisión implicaba dedicar más tiempo de viaje ya que el camino era malo y además de ello, escasamente transitado. De todas formas habíamos tomado la decisión.

Esperábamos sentados sobre el pasto y refugiados, al principio, a la sombra de un pequeño rectángulo de cemento que a decir verdad, no alcanzaba a cubrir nada. Decidimos enfrentar el sol. El calor, el cansancio y el sueño, convirtió a este el lugar en el ideal para hacer una siesta. Sin proponérnoslo nos quedamos dormidos cobijados sólo por el sol.

Cada sonido de un vehículo que se aproximaba, iba entrecortando nuestro sueño. Aunque, a decir verdad, pocos eran los impedimentos, para prolongar el descanso.

Así, pasaron algunos vehículos que no frenaron para ayudarnos a avanzar en nuestro camino. Ya había pasado demasiado tiempo, sin éxito, por lo cual, cuando vimos que se acercaba un colectivo, debatimos si viajar o seguir esperando. Finalmente, subimos para viajar hasta el fin de su recorrido, que a pesar de no coincidir con el final del nuestro nos acercaba, un poco más, al objetivo final.

A la llegada, y con hambre en demasía, buscamos un lugar para almorzar. Luego de una escala alimenticia, comenzamos a caminar en dirección a la salida del pueblo. Viendo que nadie pasaba, continuamos la caminata, ya que muchos vehículos que pasaban por la misma carretera que caminábamos nosotros, se dirigían a una corrida de toros que comenzaría en algunas horas, a pocos metros del pueblo. En etapas, fuimos cubriendo el trayecto que nos alejaba de la carretera principal que se dirige a Quito.

Unas personas que viajaban en una camioneta aceptaron llevarnos, pero nos advirtieron que poco sería el trayecto que podrían adelantarnos. Lo que para ellos era “poco”, para nosotros fue gigante. Con este vehículo bajamos desde donde nos encontrábamos, hasta la orilla de un río, cruzamos un puente y comenzamos a subir. En la caja, con nosotros, viajaban dos niños. Intentamos conversar con ellos, en varias ocasiones y con diferentes preguntas, pero no fue posible. Y, tal como dice el dicho, si Mahoma no va a la montaña, la montaña viene a Mahoma. Eso fue lo que hicimos. Usamos su forma de comunicación para ver si así podíamos entablar diálogo. Muchos, podrán considerar que no hubo diálogo. Para nosotros, sí.

 

Con esta charla, llegamos hasta el punto donde esta camioneta nos llevaría. Pronto conseguiríamos otra caja de una camioneta que nos permitía continuar camino. A ésta, comenzaron a subir varias personas en diferentes puntos. Todos se dirigían al mismo punto de encuentro: Una corrida de toros. DSC02575 (Custom)Nos invitaron a bajar con ellos y yo me vi tentado por conocer de qué se trataba aquella celebración.

Nos detuvimos allí por una media hora, sólo para ver un poco la fiesta y luego seguiríamos nuestro camino, ya que aún nos quedaban kilómetros por recorrer y la noche cada vez estaba más cerca.

 

Teníamos el dato del lugar preciso donde teníamos que bajar, pero una camioneta de una empresa de turismo que nos acercó el último trayecto, nos dio un dato erróneo. Dado que eran de una agencia de turismo, confiamos ciegamente en la información que ellos nos dieron.

El Cotopaxi se veía desde lejos, pero a medida que nos acercábamos se lucía cada vez mejor.
DSC09159 (Custom)Finalmente, con esta gente, llegamos a la ruta principal y, esta vez, sí sería más fácil para conseguir quién nos lleve. Otra camioneta, nos llevaría en la caja. Tal como les pedimos, nos dejaron en el acceso aquel, que las personas de la agencia de viajes nos habían indicado. Allí deberíamos caminar bastante para encontrar alguna persona. Por suerte una camioneta nos ayudó, luego de una caminata, a llegar más rápido. Al llegar a una cabaña, nos indicaron que el mejor sitio para ingresar era otro, por donde ya habíamos pasado y este era el dato que nosotros teníamos al principio. Se encontraba, volviendo a la ruta principal, 9 kms más al sur. El hombre que nos recibió, por lo único que estaba preocupado era por cobrarnos. Sus palabras giraban en torno al tema. “Pueden ir a la otra entrada, pero si se van a quedar acá, me tienen que pagar tanto dinero”, decía. Pocos minutos después, insistía: “Si se van a quedar, me tienen que pagar”.

Finalmente, decidimos irnos de allí, pero ya estaba cayendo el sol y si teníamos que caminar hasta la ruta principal, llegaríamos de noche. Igual comenzamos a caminar, para evitar pagar allí. Pronto pasaría un vehículo que nos llevaría este trayecto. Sabíamos que una vez que lleguemos a la carretera principal, debíamos bajarnos, ya que la dirección de este vehículo y la nuestra, diferían.

Cerca y detrás nuestro venía otro vehículo, por lo cual, estábamos preparados para, a la llegada, saltar del primer vehículo e interrogar al segundo sobre su destino. No debíamos perder esa oportunidad. Tanto apuro no sirvió de nada. Nadie iba en nuestra dirección.

Cruzamos la ruta y comenzamos a hacer dedo. Estábamos en un lugar muy complicado. La ruta era de dos vías, por lo cual, las velocidades eran altas y nos encontrábamos luego de una loma. Los vehículos cuando nos veían ya no tenían tiempo de frenar, porque además no había banquinas. Sumado a todo esto, era de noche, lo que dificultaba aún más las cosas. Ya habíamos visto un lugar donde armar la carpa, pero no nos dábamos por vencidos. En ese punto, un camino de tierra llegaba a la ruta, por lo cual, mientras yo hacía dedo, Ale le preguntaba a los vehículos que estaban a punto de subir a la ruta.
Luego de esperar un rato, una camioneta nos llevó esos escasos kilómetros que nos separaban del otro ingreso.

Al llegar allí, averiguamos la distancia hasta el volcán. Como era lejos, no tuvimos más opción que armar la carpa cerca de donde estábamos, en un pequeño caserío donde había una escuela y una iglesia. Compramos algunas cosas para cocinar y nos fuimos a armar la carpa.

Buscamos una zona reparada y allí armamos la carpa. Comimos y poco tiempo después estábamos durmiendo.

Por la mañana siguiente, mientras organizábamos nuestras cosas para continuar nuestro viaje hacia el volcán, tuvimos una visita muy particular.



Comenzamos a caminar, pero pronto, otra camioneta nos llevaría hasta la puerta del Parque.

Una vez adentro del Parque, otra camioneta nos llevó hasta un estacionamiento desde donde se comienza el ascenso hasta el refugio. Desde la entrada al Parque, pareciera que el volcán se encuentra cerca, pero está realmente lejos. Viajábamos en la caja de esta camioneta, con calor, pero al llegar cerca del volcán, no sólo el frío, sino también el viento, nos obligó a adicionarnos vestimenta.

DSC09163 (Custom)El camino esperaba que comenzáramos a transitarlo. El terreno era de una composición tal, que se asemejaba al ascenso de una duna, por lo cual, cada dos pasos que dábamos, regresábamos uno. El frío era intenso, la caminata dura, pero nada podía detenernos.

A la par nuestra iban caminando otras personas. Una pareja joven subía, también. En el momento en que él llegó al refugio, a lo primero que le puso atención fue a manifestar su felicidad de tener señal en el celular. La naturaleza suele ocultarse delante de los ojos de esta clase de personas.

El Cotopaxi se lucía cada vez más intensamente y, también, cada vez más cerca. El ascenso a la cima requiere equipamiento especial, por lo cual, es necesario contratarla en alguna agencia de turismo, ya que ahí no es posible. Averiguamos el precio de la noche en el refugio y fue información suficiente para estar completamente seguros que allí no dormiríamos. Unos 20 dólares la noche, era un precio realmente excesivo para nuestro flacos bolsillos.

DSC09360 (Custom)Pedimos autorización para dejar nuestras mochilas allí, para continuar la caminata hasta el glaciar que descansa varios metros más arriba del refugio, abrazando el Cotopaxi.

Comenzamos a subir y a pocos metros, sobre una superficie de cemento, se encontraba una mujer. La vimos mirar hacia arriba, como la zorra que mira las uvas, en la fábula, y se convence que están verdes, al no poder alcanzarlas. Nos preguntó cuánto tiempo se demoraba en llegar hasta el glaciar. Desconocíamos el dato. Nos comentó que no veía donde estaba su hijo, que sí había subido y se le notaba deseo de subir, pero le faltaba decisión. La invitamos a acompañarla para que suba con nosotros. Dudo un poco. Le insistimos y conseguimos convencerla.

Organizamos el ascenso. El objetivo era llegar, por lo cual, debíamos llevarla lentamente para que no se agite ni canse. Ale iba adelante marcando el ritmo de la caminata. Nelly, detrás de él. Yo iría al final para ayudarla en algunas subidas.

Bien lento, y dando pasos pausados, fuimos ascendiendo cada vez más. Nos deteníamos para recuperar la respiración y para no forzarla a seguir un ritmo que quizás no estaba acostumbrada.

Ya habíamos subido varios metros cuando pudo ver a su hijo a varios metros, descendiendo por otra pendiente del volcán. Su hijo se acercó un poco, pero pronto siguió su descenso.

Nosotros, mientras tanto, íbamos avanzando, aproximándonos cada vez más a nuestro objetivo.

La caminata iba suave, sin prisa, pero sin pausa, hasta que finalmente el glaciar era nuestro. DSC09224 (Custom)La felicidad de los tres por haber llegado era inmensa. Nelly tenía una sonrisa dibujada en su cara, contagiándonos a nosotros. La nuestra era doble, por haber llegado y por haberla ayudado a ella a llegar. Allí arriba nos confesó que se animó, porque pensó que esta era su última oportunidad de llegar al glaciar, ya que, según ella, si no lo hacía esta vez, no lo haría más. Estaba feliz. Ella había dejado su cámara en el refugio, por lo cual, nos tomamos fotos con mi cámara y prometimos enviárselas. Con mi ayuda, Ale le tomaría una foto, tocando el glaciar. DSC09207 (Custom)Si Nelly se caía allí, toda la felicidad iba a esfumarse en un instante, por lo cual, debíamos estar atentos a todos los detalles.

DSC09208 (Custom)Lamentablemente, como en todos los glaciares del mundo, el efecto del calentamiento global se hace notorio en el Cotopaxi, también. La masa del glaciar se ha visto reducida considerablemente en los últimos años.

Nelly se quedó sentada en un lugar y nosotros seguimos subiendo un poco más. No nos demoramos demasiado, pero vimos que Nelly había comenzado a descender lentamente. Nuestra bajada se demoró un poco más, aprovechando para tomar varias fotos y disfrutar completamente haber llegado a aquel punto. Habíamos arreglado con Nelly, que en el refugio intercambiaríamos las direcciones de correo electrónico, para enviarle las fotos. DSC09200 (Custom)Cuando comenzamos el descenso, le advertí a Ale que no la encontraríamos allí. Me preguntó porqué y le advertí que seguramente cuando Nelly llegó emocionada, al refugio, a contarle a su esposo que había alcanzado el glaciar, eso lo habría enfurecido ya que él no lo había intentado. Encima, lo había hecho con la ayuda de dos jóvenes y eso empeoraba más aún las cosas. Estábamos relativamente cerca del refugio, cuando un zorro, se hizo presente en el camino, para indicarnos que, ése, era su hábitat. Se hizo acreedor de una sesión de fotos, que provocó el congelamiento de mi mano. Como el modelo más experimentado del mundo, permaneció un buen rato, cambiando sus poses para la cámara. DSC09372 (Custom)Cada tanto intentaba elevarle la temperatura de mi mano para poder seguir tomando fotos, pero pronto volvía a estar en heladas condiciones. Seguimos, avanzando hasta el refugio.

Efectivamente, cuando llegamos a ese punto, no había rastros de Nelly. Preguntamos allí, por si había dejado su dirección o algún dato, pero nada de eso había pasado. Lamentablemente, nunca pudimos enviarle las fotos, pero nadie le permitirá borrar de su cabeza y de su vida la felicidad de haber llegado, tocado y disfrutado de aquel maravilloso glaciar.

DSC09296 (Custom)Nosotros éramos dos sin techo, que debíamos definir qué hacer. En el viaje de esa mañana, hacia el estacionamiento, había visto una edificación abandonada, donde podríamos armar la carpa. Comenzamos el descenso hasta ese punto y verificamos que allí otras personas habían utilizado ese punto también de refugio. El frío cada vez comenzaba a hacerse más importante. Ale comenzó a preparar la comida y yo me convertiría en albañil sin cemento, levantando dos precarias paredes con unos ladrillos que allí había, para evitar que el viento y, por lo tanto, el frío nos invadan el refugio.

DSC09431 (Custom)Mientras comíamos, vimos pasar por la puerta a otro zorro. Cenamos y luego para protegernos del frío, iniciamos un fuego. Nos sentamos cerca del mismo, para entrar un poco en calor. Antes de ir a dormir lo apagamos completamente y nos acostamos. La noche fue muy mala. Pasamos mucho frío, a pesar de estar dentro de nuestras bolsas de dormir, inmersos en la carpa y de estar dentro de una edificación, aunque sin puertas y ventanas era, sin dudas, mejor que estar al aire libre, pero de todas formas poco descansamos, porque el frío nos despertó varias veces a lo largo de la noche.

DSC09449 (Custom)La mañana siguiente fue la excusa perfecta para salir de la carpa. Luego del desayuno, desarmamos la carpa, juntamos todas nuestras pertenencias y continuamos el descenso que habíamos abandonado la noche anterior. A esta hora nadie nos llevaría a dedo, ya que todos los vehículos se dirigían en dirección contraria a la nuestra, con destino al volcán.
Caminando llegamos a una laguna que queríamos conocer y pronto retornamos al camino principal, donde dos chicas, que se encontraban haciendo pasantías en el Parque, nos ahorraron la caminata, en una camioneta, hasta la entrada.

Seguimos caminando, para alcanzar la carretera principal. Pronto aparecerían estas mismas chicas y nos ayudarían a avanzar otra parte del viaje. Ya pocos metros nos separaban, ahora sí, de la carretera a la que queríamos llegar.

Allí tomaríamos rutas diferentes. Ale, rumbo a Quito. Yo, con destino a Latacunga. Nos despedimos, sabiendo que nos volveríamos a ver en Quito en unos días. Quedamos uno a cada lado de la ruta, haciendo dedo. Ale, enseguida consiguió una camioneta. Yo correría otra suerte. Debí esperar un rato para finalmente conseguir casi un ser mitológico que me lleve: era una mezcla de Renault 12 y camioneta. Subí en el asiento trasero, que ya no contaba con asiento, y lo que hacía las veces de éste, era el respaldo que se encontraba apoyado y suelto en esta posición. Esto implicaba que a cada frenada del conductor, que acostumbraba a hacerlas con frecuencia, se debatía una lucha feroz entre mi deseo por mantenerme inmóvil y las leyes físicas por continuar en el mismo sentido y dirección en la que venía viajando. Cada vez que esta última ganaba, mis rodillas, inevitablemente, terminaban incrustadas en el asiento delantero y, por lo tanto, en la espalda de la señora que en dicho lugar viajaba. Creo que, el resultado final, fue un empate técnico, entre ambos deseos. Así fue todo el viaje, hasta llegar a Latacunga, donde debía recuperar parte de mi equipaje.

Ale me había pedido que contabilizara las veces que Carmen, la cocinera de los bomberos, dijera mi nombre. No lo mencionó en ningún momento, mientras yo acomodaba mi mochila, pero en los últimos dos minutos, un bombardeo de unas siete veces fue necesario antes de la partida. Agradecí por todo lo que habían hecho por nosotros y salí rumbo al próximo destino de mi viaje.

 

Por Damian
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Lunes 11 enero 2010 1 11 /01 /2010 18:02
Con Delfina y Lorenzo nos conocimos en Perú. Tienen una página donde van poniendo sus relatos, pero generalmente están en francés. En este momento tienen cuatro videos, tres de los cuales son en castellano y el otro es un video clip. Vale la pena verlos, para que disfruten de la locura linda que tienen estos dos personajes.
La Familias Peluche y Guatemala son imperdibles y el video clip otro tanto.
Si ingresan al enlace siguiente, y bajan hasta el final de la página, van a poder ver los capítulos 1, 2 y 3 de la "Familia de Oro"

Familia de Oro

Debo reconocer que me hice adicto al video clip "GuataBaila video Clip", porque cada vez que entro a la página de los chicos, lo vuelvo a mirar. Me parece buenísimo. Si ponen atención podrán escuchar la voz de Lorenzo y Delfina indicándole a los chicos los pasos a seguir.
Al final de este otro enlace, encontrarán los capítulos 4 y 5, además del video Clip: "GuataBaila"

http://www.loladel.com/
Por Damian
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Sábado 9 enero 2010 6 09 /01 /2010 23:34

Saldríamos desde Latacunga, caminando por sus calles, para cruzar nuevamente el puente de acceso a la ciudad pero, esta vez, de salida. Había dejado gran parte de mi equipaje en el Cuartel de Bomberos, ya que no era recomendable cargar todo ese peso en esta caminata.

Nos dirigimos al punto donde nos indicaron para conseguir que alguien nos lleve a dedo. No tendríamos buenos resultados. Decidimos comenzar a caminar, para evitar hacerle dedo a vehículos que sólo se movilizaban dentro de la ciudad.

Comenzamos a hacer dedo, en el nuevo paradero, hasta que un vehículo nos llevó. Nos dejaría en Pujilí, para intentar nuevamente cambiar de vehículo. Nuestro próximo objetivo era, ahora, Zumbahua. DSC02363 (Custom)Seguimos camino, aprovechando, en este lugar, para comer algo en un puesto de una plazoleta. Todos los taxistas nos ofrecieron sus servicios, pero nosotros esperábamos por alguien que nos lleve a dedo.

Como no aparecía ningún vehículo que pudiera acelerar nuestro paso, decidimos comenzar a caminar por una carretera destapada. Mientras, seguiríamos haciendo dedo a cada vehículo que pasaba en la dirección de nuestras necesidades. Así fue que una camioneta de servicios médicos nos facilitó parte del camino. Según ellos no era mucho lo que nos podían llevar, ya que pronto se desviarían del camino principal. Para nosotros fue muchísimo. Aunque sean 200 metros, para quien carga una mochila, es distancia suficiente para no hacerlo caminando.

En aquel punto comenzamos a caminar, percibiendo que no pasaba demasiada cantidad de vehículos. Descansamos un poco en el pasto al costado de la ruta, hasta que una camioneta nos llevaría hasta la puerta de la Laguna de Quilotoa.

DSC02376 (Custom)El Volcán Quilotoa está localizado en la Provincia de Cotopaxi, Parroquia de Zumbahua. El borde del cráter se encuentra a unos 3.610 m.s.n.m. y la laguna a unos 2.270 m.s.n.m.

Llegamos al pueblo cercano a la laguna y nos pusimos a conversar con la gente local. Ale llevaba varios de sus instrumentos musicales a la vista, que le fueron pedidos para probarlos. Enseguida, uno de ellos le solicitó que le vendiera algunos, ya que tenían un grupo musical. Hubo negociaciones para la compra. Nos invitó a su casa para hacernos escuchar su música. El disco estaba rayado, por lo cual, cuando el prometía que comenzaría la mejor parte, quedaba repitiendo siempre lo mismo y no avanzaba. Intentó varias veces, pero siempre sucedía lo mismo. No hubo forma de escuchar aquella grabación.

Conversando con este hombre, nos contó la leyenda del nombre de la laguna, de un modo tan particular, que cuando salimos de ahí, analizamos, con Ale, muy profundamente sus palabras y nos divertimos mucho.

Según su relato: “Antiguamente en Quilotoa había mucha fauna. Entre los animales de la región, había un cóndor muy particular. Allí, siempre solía ir “la man” (ndr: entiéndase por ésta a “la joven”; “la niña”; “la mujer”; etc.) a pastar sus borregos. “La man” un día miró al cóndor y vio su plumaje como si fuera la ropa de un “man”. Fue por eso que “la man” se enamoró profundamente del cóndor y, finalmente,  este animal se la llevó. “La man” se llamaba Toa y era una princesa. En quichua “quiro” significa diente. Por lo tanto, Quirotoa, es el diente de la princesa Toa. Quirota, derivó en Quilota por la modificación que hicieron, posteriormente, los españoles en sus relatos”.

Bonita historia la de “La man”. Cargada de misticismo, pero con estos términos era imposible no derivar los pensamientos en otra dirección.

Teníamos decidido armar la carpa a la orilla de la laguna, pero para ello debíamos bajar muchos metros desde el borde del cráter. Fue por esto, que decidimos caminar toda la vuelta del cráter antes de bajar. Nos advirtieron que nos llevaría unas seis horas. Mientras definíamos con Ale que hacer, una mujer de Singapur se acercó a pedirnos ayuda. Ella no hablaba castellano, por lo cual, deseaba que nosotros le hiciéramos de intérprete. Había coordinado para que le consigan un caballo, para dar la vuelta alrededor del cráter. Ahora, lo que ella deseaba era conocer, cuánto tiempo duraba el recorrido y cuál era el precio si le colocaban una buena montura. Comencé a colaborar, pero pocos instantes después, hubiera preferido no haber intervenido. Hablaba con los pobladores locales y ellos me decían una cosa. Hablaba con la mujer y ella me decía otra. Era el intermediario de la discusión económica, también. Quedé en el medio de la negociación intentando ser neutral. Finalmente la operación no se concretó. Espero no haber influido en esto.

DSC02386 (Custom)Concluido este trabajo, comenzamos, con Ale, a caminar por un sendero al borde del cráter de un volcán que, desde hace años, cuenta con una laguna maravillosa dentro de él. El camino se fue haciendo cada vez más interesante. Subidas; bajadas; nubes; paisajes; que iban cambiando a medida que avanzábamos. De pronto el sol comenzó a caer ante nuestros ojos. DSC02493 (Custom)El atardecer era majestuoso. Intentando tomar una foto de ese ocaso magnífico, otra parte de la naturaleza, me dio la bienvenida, cuando apoyé la mano en el piso.

DSC02496 (Custom)Pronto el sol se escondería completamente y quedaríamos iluminados por la luna y mi deteriorada linterna que alumbraba escasamente.

De repente en la paredes internas del cráter, como rememorando tiempos de un pasado muy lejano, lenguas de fuego comenzaron a verse y su tamaño comenzó a aumentar paulatinamente. Lamentablemente, en esta oportunidad no era resultado de la naturaleza, sino de la mano del hombre, que incendian estas tierras, para luego sembrarlas. Es una pena que utilicen un lugar tan especial como éste, para este tipo de actividad.

Así hicimos la última parte de nuestro recorrido, pero las vistas eran muy buenas y valía la pena la experiencia. DSC02513 (Custom)Ya las luces de los caseríos de los alrededores comenzaron a encenderse. El cansancio se había hecho presente y al llegar al pequeño pueblo, la caminata no habría finalizado, ya que debíamos bajar hasta la orilla de la laguna.

Llegamos al pueblo y pasamos a buscar las mochilas que habíamos dejado en una casa. A pocos metros de llegar a su puerta estábamos, cuando las luces de la casa se apagaron. Agradecimos no haber llegado más tarde, porque no hubiéramos tenido nada para comer, ni para dormir.

Comenzamos el descenso hasta el borde de la laguna, ya de noche, por lo que el camino se hizo duro. Mi linterna agonizaba, entregando más sombras que claridad en aquel sendero. Luego de una caminata intensa, en descenso, comenzamos a armar la carpa. Vimos que otro grupo de acampantes, se encontraba a pocos metros de nosotros. DSC02526 (Custom)Nos acercamos a ellos para compartir la velada, pero no sólo el cansancio, sino su actitud, nos hizo que al ingresar a la carpa para buscar algo para comer, nos quedemos recostados en las bolsas de dormir, quedando completamente rendidos después de semejante caminata. Necesitábamos descansar después de haber caminado por tanto tiempo.
Por la mañana siguiente, nos levantamos con la majestuosidad de la Laguna frente a nuestros ojos. DSC02543 (Custom)La noche anterior sólo habíamos podido ver una fracción de ella, pero por la mañana siguiente se fue mostrando, poco a poco, en plenitud.

Comenzamos a desarmar la carpa y, unos instantes después, estábamos listos para comenzar a subir hasta el borde del cráter. Desde arriba, la vista de la laguna se prestó para unas fotos. La ayuda del sol hace que cambie su color, para lucirse ante los ojos de quien tiene la posibilidad de tenerla por delante.

Desde allí, tomaríamos el camino que nos llevaría al próximo destino. La aventura continuaba.

 

 

Por Damian
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Jueves 31 diciembre 2009 4 31 /12 /2009 00:00
El Sol dice hasta el Año que viene, en Colombia, para todo el mundo.

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Miércoles 30 diciembre 2009 3 30 /12 /2009 02:01

Me he tomado el atrevimiento de compartir este mensaje que me envió Cristina con motivo de estas fiestas.  Me pareció excelente el mensaje y maravillosa la creatividad de quien lo hizo.

El "Sembrador de Estrellas " es una estatua que está en Kaunas,  Lituania. Durante el día puede pasar desapercibida, como muestra la foto. Un bronce más,  herencia de la época soviética:

image001
Pero cuando la noche llega, la estatua justifica su título. Y su nombre pasa a tener sentido.
image002
No pares de sembrar estrellas aunque a simple vista no se vean.



No dejes de hacerlo ni en el pequeño retazo del 2009, ni en el 2010, ni nunca.

Por Damian
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