Había finalizado mi viaje en tren y me encontraba en Guamote. Allí debía buscar el modo de llegar a las Lagunas de Ozogoche, pero sabía que no era un sitio de fácil acceso. Busqué un lugar para comer, ya que el hambre se había apoderado de mí. Sin proponérmelo, encontré en un restaurante unas personas con unas camperas que me daban una pista. Dos personas del Parque Nacional Sangay, se encontraban allí almorzando. Me acerqué y les pregunté si el destino de ellos coincidía con el mío. Fue un poco difícil conseguir que me entendieran, ya que ellos su idioma nativo es el quichua y el castellano de ellos era mucho mejor que mi quichua, pero escaso para el diálogo. Finalmente, pude entender que pronto saldría un bus coincidente con mi destino. Luego de comer, busqué la empresa que cubría este trayecto y me senté para disfrutar del viaje. El bus me dejaría en un cruce de rutas, para seguir camino hacia las Lagunas. Allí esperaría por otro bus, con gotas, sobre mi cabeza, de una lluvia que llegaba y se iba repentinamente. Había, debido a mi almuerzo, sufrido el desencuentro con estas dos personas, pero venían en el mismo bus que yo esperaba en aquel cruce. Subí, sabiendo que estaba en buena dirección.
Antes de llegar a destino, ellos me indicaron que debíamos descender. Bajé con mi pesada mochila y comencé a preguntarles cuál era la distancia que nos separaba de las Lagunas. Las imprecisiones eran inquietantes, sobre todo teniendo en cuenta el peso de mi mochila. Me garantizaron que a unos 10 minutos, que pronto se transformaron desde el discurso del otro de los hombres en unos 5 minutos, llegaríamos a un lugar donde podría dejar mi mochila, para poder llegar a las Lagunas liberado del peso. Comencé a caminar junto a ellos y a la incertidumbre, también. Pronto llegaríamos al sitio indicado, pero no había presencia de persona alguna allí. Hasta ahí había llegado mi voluntad para seguir caminando con mi equipaje a cuestas. Ahora sí, sabía que la distancia por recorrer era dramáticamente excesiva para hacerlo con la mochila sobre mi espalda. Frené, analizando los alrededores. Buscaba la casa de algún lugareño que se encargue de custodiarla durante mi viaje. Nadie estaba presente por la zona. Mi interrogatorio sobre la distancia a cubrir a partir de aquel punto, me hizo deducir que, a pesar de las imprecisiones de ambos y la información por ellos brindada, el trayecto por cubrir era extenso. No había forma que me convencieran a continuar la caminata. De repente, se escuchó el sonido de un vehículo, que prometía ser el salvador de aquella tediosa caminata. Así fue. Una camioneta frenó para llevarnos hasta nuestro destino. Averigüé el precio y subimos. Éramos cinco pasajeros en la caja trasera de aquel vehículo. Tres, éramos humanos. Los dos restantes, animales.
El viaje comenzó y en poco minutos, la lluvia. Aunque a decir verdad, era más una llovizna que una fuerte lluvia, pero jamás había experimentado una de esas características. Entre la
temperatura ambiente, la velocidad del vehículo y la temperatura del agua comenzó, como nunca me había pasado, a congelarse mi frente. Sólo los que sufrimos de “enfriamiento de un ojo” cuando
comemos helados, podemos saber aproximadamente de qué se trata. Mi frente se estaba congelando y no podía impedirlo. De tanto en tanto, giraba mi cabeza, evitando que el agua pegue en mi frente,
pero la incomodidad era tal, que debía regresar a mi posición original y enfrentar el aguacero. Esto no era todo. Los animales que viajaban a mi lado, quizás por haber abonado un precio superior
al que yo pagué, contaban con el privilegio de baño incluido. Habían eliminado sus desechos sobre la caja de aquella camioneta y debido a las características del camino, en cada frenada o
acelerada, se patinaban de un lado a otro, moviendo sus patas para recuperar la estabilidad. Me encontraba secuestrado, y con mi mochila sobre mi espalda, en el rincón trasero izquierdo de aquel
medio de transporte. Preferí llevar el peso sobre mi espalda, a ponerlo sobre los excrementos de aquellos animales. Los dos hombres viajaban sentados sobre las finas maderas que custodiaban los
laterales del vehículo. Yo no podía arriesgarme a experimentar este desafío al equilibrio, ya que jugaba de perdedor para poder contrarrestar el peso de mi mochila. Estaba destinado a viajar
adentro, como un animal más. Los animales intentaban mantener su posición en cada movimiento del vehículo. Esto generaba que movieran sus patas con velocidad intensa y casi permanentemente, para
mantenerse en pie. Obviamente, esto también provocaba que mis tobillos fueran los receptores de esas patadas. En dos oportunidades, mi compañero más próximo de viaje, quedó acostado en el piso
del vehículo. Esto garantizaba eludir las patadas que venía recibiendo, pero poco duraría aquel estado. El precio de no cargar la mochila sobre mi espalda, esta vez, no fue barato. Claro que
también tuve que pagar por dicho transporte. Al finalizar el viaje, cuando pude salir, con mochila incluida subiendo con todo su peso por los laterales de la camioneta, descubrí el estado en que
se encontraban mis pantalones y mis zapatillas: llenos de excremento animal.
Al llegar al pequeño caserío que se encuentra cercano a las Lagunas, busqué un lugar donde dejar mis cosas y, también donde pasar la noche para, luego, ir en busca de mi objetivo.
El único sitio para dormir era una
cabaña cuyo dueño no estaba presente, pero podían habilitarlo para que allí durmiera. Consulté si sería posible tomar una ducha caliente en aquel hospedaje, debido a que mi estado lo requería,
pero eso no era posible. Además de todo, si quería ir a este lugar, debía seguir caminando, así que arreglé para dormir en la casa de un chico del pueblo. Él me dejaría su cama y se iría a dormir
a la casa de sus abuelos. Su cama carecía de colchón y en su reemplazo sólo había varias frazadas.
Con sitio seguro para dormir a mi regreso comencé a caminar hacia las Lagunas. Comencé a hacerlo por las huellas de los vehículos, pero pronto tomé un atajo que parecía dirigirse hacia la Laguna Cubillin, la más grande de todas ellas. En el camino me encontraría con unas tímidas chicas locales, que avergonzadas ante mi presencia, poca información pudieron brindarme. Su timidez no aplicaba a la hora de cargar semejantes cantidades de pasto.
Seguí camino, pero pronto me
encontraría caminando sobre el páramo y sumergiendo mis piernas hasta por encima de mis tobillos en medio de un terreno esponjoso, impregnado de agua. Al principio intentaba mantener mis pies
secos pero, poco a poco, fui notando que esto se aproximaba a una utopía. En pocos minutos, mi objetivo estaba en mantenerme en pie, no caer completamente sobre aquel terreno y llegar finalmente
al borde de la laguna.
Con mis pies, zapatillas (deterioradas) y mis pantalones mojados, llegué finalmente al borde de la Laguna. Junto a ella se encuentran varias más: la Laguna
Magtayan, es la segunda en tamaño y las restantes (Arrayán; Tinguicocha; Boazo; Nagacocha y Yanaurcu) son de menores dimensiones.
El clima no acompañaba mucho, pero el sol, por unos escasos minutos, apareció para darme permiso a tomar unas fotos. Luego volvería a ocultarse detrás de las grises nubes.
El paisaje era maravilloso, con presencia de nubes, montañas, agua y misterio. Como para optimizar semejante paisaje, el arcoíris no quiso estar ausente en semejante manifestación natural. Esa demasiado.
De allí, caminando por medio del
páramo, nuevamente, llegaría a la Laguna Magtayan. No había posibilidad de mojar más mis pies, porque ya estaban completamente mojados. Intenté, en primera instancia, buscar un sendero, pero esto
fue imposible. Viendo que no había manera de llegar directamente a la laguna, comencé a caminar a campo traviesa para poder llegar a aquella inalcanzable laguna, que en cierto momento intenté
convencerme que con verla de lejos era suficiente. Entre saltos, desvíos y sumersión de mis pies en el agua, alcancé la tan ansiada orilla.
Es posible, quizás, que muchas personas nunca hayan puesto atención a que es muy difícil encontrar el sitio exacto donde las aves eligen pasar los últimos instantes de su vida.
En Ecuador, hay un lugar que eligen los cuvivíes, una especie de aves, para darle fin a sus vidas. Dicho acontecimiento ocurre desde mediados de agosto y se prolonga por todo el mes de septiembre. El sitio elegido por dichos animales son las Lagunas de Ozogoche, en la provincia del Chimborazo.
Allí llegan cada año, sobrevuelan la zona y finalmente deciden terminar con sus vidas en su último vuelo, dirigiéndose verticalmente al agua.
Varias son las versiones que se manejan al respecto. Unas dicen que llegan cansadas de un extenuante viaje y entregan sus últimas energías en estas tierras, para despedirse de la vida, quizás en busca de otro mundo, en las heladas aguas de estas lagunas. Otras hablan de que confunden el agua, debido al reflejo que se genera sobre dicha superficie, con el cielo y, desorientadas con aquella ilusión óptica, se dirigen directamente al agua. Mientras que otras arguyen que existe en el aire ciertos componentes que provocan la muerte de las mismas en su sobrevuelo sobre estas lagunas, provocando que caigan estrepitosamente en sus aguas.
Más allá de las diferentes versiones que se manejan al respecto, no deja de sorprender semejante acontecimiento, que se repite cada año. Los pobladores locales, las esperan con una celebración muy tradicional, con música y comidas típicas de la región.
Ellos son los encargados de recolectar los cuerpos de las aves que quedan flotando, luego de su muerte, en aquellas maravillosas lagunas. Muchas de ellas son utilizadas para preparar comidas entre los pobladores de la región.
Por escasos días había perdido la posibilidad de presenciar semejante ceremonia, pero no quería dejar de conocer aquel mítico lugar. Obviamente que la llegada en época de festividades es bastante más sencillo que cuando lo hice. De hecho era la única persona que me encontraba allí y que no pertenecía a la comunidad.
Comencé el camino de regreso pero,
una vez más, fui improvisando un sendero. Cada vez, me encontraba con terrenos más pantanosos y debía abortar el sentido en que deseaba dirigirme. Así fue que la noche comenzó a acercase y mi
afán comenzó a hacerse cada vez más notorio.
Luego de una extensa caminata, llegué a un punto desde donde podía, nuevamente, volver a ver el poblado. Esto me garantizaba que estaba en buena dirección, pero al llegar allí, el camino se ponía cada vez más difícil.
Un río, lo suficientemente ancho como para no poder cruzarlo, me separaba del pueblo. Del otro lado del mismo vi una persona. Comencé a preguntarle cómo y por dónde debía cruzar. Él podía escucharme, ya que el viento jugaba a su favor, pero para mí fue imposible escuchar sus recomendaciones. En eso vi una persona que caminaba con su caballo, del mismo lado en que yo me encontraba. Comencé a hablarle, pero él no me escuchaba, por lo que decidí caminar tras de sí. Intentaba caminar rápidamente, pero la condiciones del terreno, por momentos, hacían que me alejara cada vez más de mi objetivo.
Finalmente lo alcancé, cuando ya ambos nos encontrábamos cerca de un puente que nos permitía el cruce.
Ya tranquilo, me dirigí hacia mi cama. Nada había, a esa hora, abierto como para comprar algo para comer. Obviamente, no existe allí un restaurante para poder comer. Una taza de un caldo que me ofreció la abuela de aquel chico fue lo único que tuve por cena. El día había sido largo y debía dormir sin comer y sin posibilidad de un baño.
Antes de acostarme, debía averiguar el horario de partida del transporte que me llevaría, al día siguiente, a mi próximo destino.
Una vez más las incertidumbres aparecieron. Cuatro, cuatro y media, cinco o cinco y media, fueron los horarios posibles de partida del único vehículo que saldría por la mañana siguiente. Nadie
podía darme mayor precisión que esa, por lo cual, para evitar quedarme sin éste, me levanté temprano y a las cuatro de la mañana estaba listo para partir. Finalmente, dejamos la comunidad de
Ozogoche Alto a las 6:30 a.m. Todo ese tiempo lo pasé sentado en la caja de un pequeño camión con un colchón de pasto y al que se iban sumando, poco a poco, más pasajeros locales que se dirigían
al mercado de Guamote. Quesos, productos cultivados y producidos por los pobladores locales, más cerca de veinte personas, éramos todos los pasajeros de este vehículo.
Conversaban entre ellos en quichua, por lo cual, estaba excluido de todas las conversaciones. Entendía sólo las palabras que habían tomado del castellano para incorporarlo a su idioma. Entre esas, escuche “gringo”, lo que me daba la pauta que estaban hablando de mí. En seguida manifesté que no era gringo. Surgieron caras de sorpresa y frases dirigidas hacia mí. Supongo que preguntándome si era capaz de entender de qué estaban hablando. Permanecí en silencio ya que nada había entendido. Unos minutos más tarde, escuché mi apellido, ya que el día anterior, me lo habían preguntado. Levanté mi cabeza, hice un gesto manifestando que había escuchado dicho relato. Creo que volvieron a preguntarme si comprendía algo del diálogo, pero nuevamente no respondí. Todos me miraban, pero cada vez que yo miraba en alguna dirección, todos bajaban sus cabezas. Analicé cómo hubiera sido, si la misma situación se hubiera dado en proporciones inversas. Creo que quien hubiera estado en mi lugar, quizás, no se hubiera sentido demasiado cómodo. No era mi caso.
Cuando ya era de día, comencé a
hablar con algunos de ellos y terminamos haciendo intercambio de idiomas. Me preguntaron si sabía algo de inglés y fue así que comenzaron a enseñarme términos del quichua y yo, a pedido de
algunos de ellos, les enseñaría algunas palabras en inglés.
Dos horas más tarde, llegaríamos a destino. Bajaría de este vehículo, para dirigirme rápidamente, y en el primer transporte que conseguiría, hacia un nuevo destino.
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Yo ni pasé frío, ni me mojé, ni me embarré, ni tampoco me ensuciaron. A pesar de hacer el mismo viaje, tener la posibilidad de transportarme dentro de una mochila, me evitó todos estos matices. Pero sí pude disfrutar muchísimo de las lagunas. Me gustaría volver en septiembre a ver la llegada de las aves.
MUNAY


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